No Hay Arte Sin Estructura

Francis Schaeffer wrote a book entitled The God Who Is There , which introduced me to the crossroads between Christianity and art. In it, Schaeffer talks about the influence of art in Western society, a theme he elaborated further on in a later book, Art and the Bible , where he says:

What is the place of art in the Christian life? Is it that the arts – especially the fine arts – are but a way of passing worldliness under the table? What shall we say about sculpture, theater, music or painting? Do they take place in the Christian life? Should not the believer focus instead on “religious things” and forget about art and culture altogether? […] I am afraid that, as evangelicals, we think that a work of art has value only if we reduce it to a theological treatise .

ArteSchaeffer insists that Christians have the legitimate right to develop in the world of the fine arts. It is part of what it means to be a human made in the image of God. Human art flows from the cultural mandate that man receives in Genesis 1 and 2. In fact, if art does not come from God, from whom does it come?

Darrow has published many articles on this topic in his blog (you can see them at the end of this article). His next book about the wisdom includes an interesting quote from an  article by author and columnist Janie B. Cheaney (in English) .

The ancient (and perhaps mythical) philosopher Pythagoras discovered that if he divided the length of a lyre string in half, the resulting sound was an octave, while three quarters of that string gave the sound of a fourth and two-thirds I got a perfect fifth or fair. These mathematical proportions generated a pleasant and well-known musical progression throughout the world.  Based on this external structure, western music established principles of harmony and melody that remained in force until the beginning of the 20th century. What happen after?

Contemporary composer John Adams explained it as follows: “In college I learned that musical tonality died at some point near the time when the God of Nietzsche also died, and I believed it.” Without God, there is no order. The musical structure collapsed and that paved the way for Arnold Schoenberg, who composed works based on abstract principles of numerology. Since then, it was a matter of taking a step or two to John Cage, who used random processes to choose notes of his compositions and interpreted “symphonies” with kitchen instruments. Not all avant-garde composers abandoned the tonality, but the expressions that distanced themselves from the defining structure of music ceased to be something we could identify as music [emphasis mine].

Supongo que muchas escuelas de música desestimarían la crítica de Cheaney, si no se burlaran de ella. Toda la vida se nos ha recordado que «la belleza está en el ojo del observador», una frase cuyo equivalente musical sería «la tonalidad está en el oído del oyente». Cheaney desafía esa noción. Sin duda, ella afirmaría que en nuestra apreciación de las artes entra en juego el gusto individual, pero también asevera que gran parte de las obras del arte moderno equivalen a un abandono de «la estructura definitoria» en la que siempre ha estado enmarcada la creatividad artística.

Desde luego, sugerir que existe alguna estructura trascendente en la creación del arte sería anatema para algunos, pero solo debido al rechazo concomitante del orden divino (vea Romanos 1:20-21). Esa estructura invisible constituye el marco necesario para que el arte cumpla su efecto placentero. Quiten esa estructura y lo que sea que quede poco se asemejará al arte, ya sea visual o auditivo.

Ahora bien, ¿por qué son tantas las expresiones del arte moderno que sienten la necesidad de apartarse de la estructura? Quizás la razón sea que, en la medida en que la cosmovisión del artista está guiada por el ateísmo y el evolucionismo, deja de haber lugar para el orden. La noción misma de un universo estructurado discrepa de la arbitrariedad necesaria para sostener una visión materialista de la realidad. No hay duda de que hay artistas que profesan ser ateos y aun así crean arte placentero, es decir, arte basado en una «estructura definitoria». Así, rechazan la cosmovisión del ateísmo y toman prestados elementos de la cosmovisión judeocristiana. En ese sentido, la «música» de John Cage representa un enfoque composicional que se condice más con el credo ateo: ¿de qué clase de lógica podría valerse un verdadero ateo para crear algo más que sonidos al azar?

Sí, los artistas crean. Aplican la imaginación al mundo y a su trabajo, y el resultado es algo nunca antes visto por la humanidad: una obra musical, una pintura, una película, una historia o una escultura. Si esa imaginación se corresponde con la realidad de un universo ordenado, la obra puede alcanzar la belleza. Por el contrario, los John Cage, más fieles a la doctrina subyacente de la arbitrariedad, deben tomar alguna dirección «nueva» (puesto que crear significa hacer algo nuevo) bajo la norma de «romper las reglas». El caos consecuente —las pinceladas y los trazos incoherentes, los sonidos erráticos— dejan a la audiencia vacía y no logran hacer justicia a la naturaleza del mismo artista: su propia imago Dei.

El autor J. R. R. Tolkien, en su espléndido ensayo «Árbol y hoja», expone con eficacia esta tendencia del arte contemporáneo, mientras compone uno de los ejemplos más elegantes de prosa inglesa. Todo artista que esté esforzándose por crear se beneficiará de leer estas palabras.

ArteCiertamente, la primavera no pierde su hermosura porque hayamos visto u oído hablar de fenómenos parecidos: pueden ser parecidos, pero nunca son los mismos desde que el mundo es mundo. Cada hoja, sea de roble, fresno o espino, es una encarnación única del modelo y, para algunas de ellas, este puede ser el año de su encarnación, la primera vez que se las vea y reconozca, aunque los robles hayan dado hojas durante incontables generaciones humanas.

No debemos ni necesitamos dejar de dibujar solo porque todas las líneas tienen que ser inevitablemente rectas o curvas, ni debemos dejar de pintar porque hay solo tres colores primarios. Puede que sí seamos más viejos ahora, en tanto que somos herederos del disfrute y la práctica de muchas generaciones que nos precedieron en las artes. Tal vez en la riqueza de este legado se halle el peligro del aburrimiento o la ansiedad de ser originales, y eso nos lleve a sentir un desagrado por los trazos armoniosos, los patrones delicados y los colores «hermosos»; o tal vez eso nos haga caer en la mera manipulación y elaboración excesiva, calculada y fría de las obras antiguas.

Sin embargo, el verdadero camino para escapar de esta apatía no está en lo voluntariamente extraño, rígido o deforme, ni en hacer todas las cosas oscuras o irremisiblemente violentas; tampoco está en la mezcolanza de colores para pasar desde la sutileza a la monotonía, ni en la complicación fantástica de las formas hasta rozar la estupidez y proseguir hasta el delirio. Antes de llegar a tales extremos necesitamos recuperarnos. Debemos volver a mirar el verde, y quedar maravillados de nuevo (pero no ciegos) ante el azul, el amarillo y el rojo. Deberíamos salir al encuentro de centauros y dragones y entonces, quizás, de pronto contemplaríamos, como los pastores de antaño, las ovejas, los perros, los caballos… y los lobos. [pág 58]

Los artistas cristianos tienen la oportunidad de contribuir a la belleza que vive en el orden de un universo creado por un Dios de orden. Como señala el padre Thomas Dubay, tal belleza es el marco de nuestro llamado y destino.

Both science and theology agree on the objectivity of beauty. While there is in us a subjective predisposition, to a greater or lesser extent, to perceive the splendid, both disciplines insist that beauty is not simply in the eye of the observer; fundamentally, it is something that “is there”. For centuries, revelation and theology have taught the same idea in religious terms, namely, that the purpose of creation is in man, destined to be eternally captivated by the glory of the Trinity [ The Evidential Power of Beauty , p. 16-17].

By Gary Brumbelow

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